miércoles, 12 de agosto 2026 Crónicas de viaje

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12 de agosto de 2026, 13:08

Escapadas

Qué ver en Trujillo: el truco para ver la joya de Cáceres sin hordas de turistas y el rincón oculto que nadie visita

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Vista de Trujillo y Plaza Mayor
Vista de Trujillo y Plaza Mayor

Seguro que has pasado mil veces por la A-5 dirección Portugal y has visto esa silueta recortada en el horizonte. Esa torre, ese castillo que parece vigilarlo todo desde lo alto del berrocal. Pero, seamos sinceras: ¿cuántas veces has parado de verdad?

Trujillo no es solo un pueblo bonito de Cáceres. Es una máquina del tiempo que te golpea en la cara nada más bajar del coche. Aquí el granito no se pisa, se siente. Y si crees que con ver la estatua de Pizarro ya lo tienes todo hecho, estás cometiendo el primer gran error de tu viaje.

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Existe un Trujillo que no sale en las guías rápidas de Instagram. Un laberinto de callejuelas donde el silencio pesa y donde la historia de América se escribió entre muros de piedra. (Y sí, nosotras también pensábamos que era «otro pueblo medieval más», hasta que entramos por la Puerta de la Sangre).

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La Plaza Mayor: El centro de toda la energía

Todo empieza y termina aquí. La Plaza Mayor de Trujillo es, probablemente, una de las más espectaculares de toda España. No es simétrica, ni perfecta, y precisamente ahí radica su magia. Es un espacio vivo donde el Renacimiento se da la mano con el tapeo más canalla.

Lo primero que verás es a él. Francisco Pizarro, a lomos de su caballo, dominando la escena. Es la foto obligatoria, pero el verdadero tesoro está en los soportales. Tienes que levantar la vista. Los palacios que rodean la plaza, como el de la Conquista, tienen unos relieves que cuentan historias de barcos, oro y nuevos mundos.

Nota de experta: Si quieres la mejor luz para tus fotos sin que salgan mil cabezas de turistas, tienes que estar en la plaza antes de las 9:30 de la mañana. El sol baña la piedra de un tono dorado que parece un filtro de cine.

No te quedes solo con la fachada. Trujillo es una ciudad de detalles. Fíjate en los escudos de armas de las familias Orellana o Altamirano. Cada piedra tiene un dueño y cada ventana un secreto que data del siglo XVI. Es el momento de sacar el móvil, pero no para el selfie, sino para los detalles del Palacio de los Duques de San Carlos.

El ascenso al Castillo: Un viaje por las murallas

Prepárate para las cuestas. Si no te arden un poco los gemelos, es que no estás viendo Trujillo bien. El camino hacia la Alcazaba es un ascenso por la historia musulmana de la ciudad. Este castillo no es una reconstrucción moderna; es una fortaleza real que ha aguantado de todo.

Lo que pocos te dicen es que lo mejor no está dentro del patio de armas, sino en el paseo por las murallas. Las vistas de la penillanura cacereña son infinitas. En los días claros, alcanzas a ver casi hasta la frontera. Es el lugar perfecto para entender por qué los conquistadores tenían tantas ganas de comerse el mundo: tenían el horizonte metido en los ojos.

Mientras subes, busca la Iglesia de Santa María la Mayor. Es una parada obligatoria, no solo por su retablo, sino por un detalle que vuelve locos a los curiosos. En una de sus torres, hay un escudo del Athletic de Bilbao. (No es broma, fue una «travesura» de un cantero durante una restauración y ahora es un icono local).

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El rincón oculto: La Alberca y el aljibe

Aquí es donde el 90% de los turistas se despista y donde tú vas a ganar la partida. Cerca de la Puerta de San Andrés, se encuentra La Alberca. Es una poza de agua excavada en la roca con más de 14 metros de profundidad. Era el sistema de abastecimiento de la época islámica y tiene una atmósfera casi mística.

Bajar a los aljibes de Trujillo es como entrar en las entrañas de la tierra. El eco de tus pasos y el reflejo del agua en las bóvedas de cañón te transportan a otro siglo. Es el lugar más fresco de la ciudad (un alivio si vas en pleno agosto extremeño) y el sitio donde mejor se entiende la ingeniería de nuestros antepasados.

Cerca de allí, la Casa-Museo de Pizarro ofrece una visión cruda y real de lo que significó la aventura americana. No es un museo aburrido de fechas; es la historia de una familia que pasó de no tener nada a gobernarlo todo. Un relato de ambición que se palpa en cada estancia de la casa señorial.

Gastronomía: El «ahorro» inteligente en el plato

Comer en Trujillo puede ser una trampa para turistas o una experiencia religiosa para tu paladar. Olvídate de los menús precocinados. Aquí se viene a por el queso Ibores y el jamón de bellota de la Dehesa de Extremadura.

Busca los sitios donde veas a los locales. El frite de cabrito o las migas extremeñas son los platos que te darán la energía necesaria para seguir explorando. Y de postre, no hay discusión: las perrunillas de las monjas del convento local. Son el auténtico «oro» de Trujillo que puedes llevarte en la maleta.

Advertencia de ahorro: El precio de los menús en la plaza puede inflarse un 20% solo por la vista. Camina dos calles hacia arriba, en la zona de la Judería, y comerás calidad de estrella Michelin por el precio de una ración. Nuestro bolsillo lo agradece.

La Judería y el encanto de lo olvidado

No te vayas sin perderte por la Judería. Es la zona más auténtica y menos «maquillada» de la ciudad. Sus calles son más estrechas, más oscuras y mucho más evocadoras. Aquí el tiempo se detuvo cuando los Reyes Católicos firmaron el edicto de expulsión.

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Pasear por la calle de los Descalzos te permite ver la arquitectura popular trujillana: esas casas de piedra con dinteles de granito que parecen aguantar el peso de los siglos. Es la zona perfecta para desconectar del bullicio de la plaza y conectar con la esencia de la Extremadura más profunda.

Además, esta zona conecta directamente con la Ruta de los Descubridores, una red de senderos que une Trujillo con otros puntos clave como Guadalupe o Cáceres capital. Si te sobra tiempo, asomarte a los alrededores del berrocal te dará una perspectiva única del entorno natural.

¿Por qué Trujillo ahora?

La Red de Pueblos más Bonitos de España no se equivoca al tenerlo en su lista VIP. Pero la realidad es que el turismo en el interior está cambiando. Cada vez buscamos destinos con más «alma» y menos postureo, y Trujillo ofrece exactamente eso.

Es el destino ideal para una escapada de fin de semana o incluso para una parada técnica de calidad si viajas de Madrid a Lisboa. La oferta hotelera, con su Parador a la cabeza (un antiguo convento del siglo XVI), es simplemente de otro nivel.

Si buscas un lugar donde cada esquina tenga una historia de espadas, barcos y leyendas, este es tu sitio. No dejes que te lo cuenten, porque las fotos de Google no le hacen justicia al olor de la jara y al sonido de las cigüeñas en lo alto de las torres.

¿Tienes ya las zapatillas cómodas listas para el empedrado?

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