jueves, 11 de junio 2026 Crónicas de viaje

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Qué ver en Logroño más allá de la calle Laurel: el renacer de la ciudad que ha conquistado a los expertos en «slow travel»

Logroño al atardecer sobre el Ebro
Logroño al atardecer sobre el Ebro
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Logroño tiene un imán. No es una ciudad que necesite monumentos faraónicos para atraparte, porque su monumento es la vida en la calle. En este año, la capital de La Rioja se ha consolidado como el refugio definitivo para quienes buscan autenticidad, buena mesa y esa hospitalidad del norte que te hace sentir en casa al segundo minuto.

Si vienes pensando que Logroño empieza y termina en una copa de tinto, prepárate para la sorpresa. Hay una ciudad subterránea, un Camino de Santiago que la atraviesa como una arteria vital y una arquitectura que guarda secretos desde hace siglos. Es, sencillamente, el lugar donde mejor se conjuga el verbo disfrutar.

Tu primera parada no puede ser otra que el Espolón. Es el salón de estar de los logroñeses. Pasear bajo sus sombra, ver la estatua de Espartero (y fijarse en «lo que todos ya sabemos») es el rito de iniciación necesario para entender el ritmo pausado de esta tierra.

La «Senda de los Elefantes» y el arte del pincho

Hablemos de lo que nos quita el sueño: la Calle Laurel. Se la conoce como la senda de los elefantes porque, si intentas tomarte un vino en cada bar, sales de allí «trompa» y a cuatro patas. Es un ecosistema único en España donde cada local tiene su especialidad estrella.

El champiñón del bar Soriano, las patatas bravas del Jubera o el «Tío Águeda». Aquí no se viene a cenar de mesa y mantel, se viene a practicar el noble arte del «poteo». Es una coreografía de gente, risas y servilletas en el suelo que forma parte del encanto imprescindible de la ciudad.

Si quieres evitar las aglomeraciones de los sábados noche, pásate a la Calle San Juan. Es la alternativa preferida de los locales: igual de buena, algo más tranquila y con pinchos que son auténtica alta cocina en miniatura.

La ciudad bajo tus pies: los Calados

Logroño esconde una ciudad bajo la ciudad. Durante la época medieval, casi todas las casas del casco antiguo tenían su propio calado: túneles de piedra donde se elaboraba y guardaba el vino a temperatura constante.

Visitar el Calado de San Gregorio es viajar al siglo XVI. Es impresionante ver cómo esas bóvedas de sillería han aguantado el paso del tiempo. Muchos de estos espacios han sido rehabilitados y hoy albergan exposiciones o catas privadas que son una experiencia sensorial única.

Saliendo a la superficie, te toparás con la Concatedral de Santa María de la Redonda. Sus «gemelas», las torres barrocas que dominan el perfil de la ciudad, son un icono. En su interior se esconde un pequeño tesoro: un cuadro del Calvario atribuido al mismísimo Miguel Ángel.

El Camino de Santiago y el Puente de Piedra

El Camino Francés marca el ADN de Logroño. Verás peregrinos de todo el mundo cruzando el Puente de Piedra sobre el río Ebro. Es el punto de entrada a la ciudad y ofrece una de las panorámicas más bonitas del casco histórico con el río como espejo.

No dejes de pasar por la Iglesia de Santiago el Real. Su fachada es un despliegue de fuerza y en su interior se encuentra la imagen de la Virgen de la Esperanza, la patrona de la ciudad. El ambiente que se respira en esta zona, entre albergues y conchas de vieira, tiene una energía especial que engancha.

Si buscas un poco de verde, el Parque del Ebro es el lugar. Kilómetros de senderos junto al río donde los logroñeses corren, pasean o simplemente ven pasar el agua. Es el contraste perfecto al bullicio del tapeo.

Bodegas de ciudad y vanguardia

No hace falta salir de Logroño para visitar una bodega de leyenda. Bodegas Franco-Españolas está a un paso del centro, cruzando el puente. Es una bodega histórica donde Hemingway solía disfrutar del vino de Rioja. Pasear entre sus barricas centenarias es entender por qué esta región es el referente mundial del vino.

Y para los que buscan algo más moderno, el Cubo del Revellín es la última muralla en pie de la ciudad. Hoy es un centro de interpretación que te cuenta cómo Logroño resistió el asedio de las tropas francesas en 1521. Un hito que los logroñeses celebran cada año en las fiestas de San Bernabé con reparto de pan, peces y vino.

Un secreto: Si quieres una de las mejores fotos de la ciudad, cruza el puente de hierro al atardecer. La luz sobre el Ebro con las iglesias de fondo es, sencillamente, magia pura.

Compras con alma en la calle Portales

La Calle Portales es la columna vertebral del centro. Sus sotechados te protegen del sol (o de la lluvia) mientras curioseas en tiendas que llevan abiertas toda la vida junto a nuevas propuestas de artesanos locales. Es el lugar ideal para comprar esos fardelejos (dulces de origen árabe) que te harán quedar como un rey al volver a casa.

Logroño es, en esencia, una ciudad que no agobia. Es paseable, es sabrosa y tiene esa luz de los lugares que se saben hermosos sin necesidad de gritarlo. Es el destino donde el placer es la única norma obligatoria.

¿Nos tomamos la última en la Laurel antes de que cierren la cocina? El ambiente está en su punto y parece que hoy el vino fluye mejor que nunca.