Comillas es color, piedra y delirio creativo. Entrar en esta villa cántabra es como abrir un libro de cuentos donde Gaudí, Domènech i Montaner y Martorell decidieron competir por ver quién diseñaba el edificio más asombroso. Es uno de los pocos lugares fuera de Cataluña donde el modernismo brilla con una fuerza tan descomunal.
En este 2026, Comillas ha sabido mantener ese aire señorial que le dio el primer Marqués de Comillas, Antonio López y López, quien convirtió un humilde pueblo de pescadores en el destino de veraneo de la corte de Alfonso XII. Aquí el lujo es arquitectónico y el paisaje, puramente atlántico.
Si buscas una experiencia que te dispare la dopamina visual, prepárate. Vamos a diseñar la ruta definitiva por la «Villa de los Arzobispos» para que no te pierdas ni un detalle de sus tesoros.
El Capricho de Gaudí: El girasol de piedra
La parada obligatoria y el símbolo absoluto de la villa es El Capricho. Es una de las poquísimas obras que Antoni Gaudí proyectó fuera de Cataluña. Construido como residencia de verano para Máximo Díaz de Quijano, el edificio es una explosión de color verde y naranja, decorado con miles de azulejos de girasoles.
Fíjate en los detalles: la torre que parece un alminar persa, los balcones de hierro forjado y la forma en que el edificio busca la luz del sol, igual que las flores que lo adornan.
Es una obra de juventud, pero ya se nota ese genio que años más tarde crearía la Sagrada Familia. Pasear por su jardín mientras el sol golpea los azulejos es una experiencia hipnótica.
Un secreto de Lucía: No te limites a mirar el exterior. Entra para ver cómo Gaudí diseñó las ventanas que suenan como campanas al abrirse. El diseño sonoro también era parte de su «capricho».
El Palacio de Sobrellano y su Capilla-Panteón
Justo al lado de El Capricho se alza el imponente Palacio de Sobrellano. Es una mole neogótica que parece sacada de una novela de Jane Austen. Fue el primer edificio de España en tener luz eléctrica y su interior es un despliegue de riqueza maderera y vidrieras que te dejarán sin palabras.
No dejes de visitar la Capilla-Panteón, situada en el mismo recinto. Es una catedral en miniatura donde descansan los restos de la familia del Marqués.
Los muebles del interior fueron diseñados por el propio Gaudí, lo que añade otra capa de valor artístico a este rincón que respira historia y poder por los cuatro costados.
El parque que rodea el palacio es el lugar perfecto para caminar y sentir la escala monumental que el Marqués quiso darle a su villa natal. Las vistas de la Universidad Pontificia desde aquí son las mejores de Comillas.
La Universidad Pontificia: El gigante de ladrillo rojo
Dominando la colina más alta de la ciudad se encuentra la antigua Universidad Pontificia. Es un edificio colosal de ladrillo rojo y azulejos que mezcla el neogótico con el mudéjar. Su puerta de acceso, diseñada por Domènech i Montaner, es una de las obras cumbres del modernismo español.
Aunque el interior ha tenido varios usos y rehabilitaciones, pasear por su exterior y entrar en su iglesia es una lección de arquitectura. La escala del edificio es tan grande que se ve desde casi cualquier punto de la costa, actuando como un faro cultural que recuerda el pasado religioso e intelectual de la villa.
El Cementerio de Comillas: Belleza en el adiós
Puede sonar extraño recomendar la visita a un camposanto, pero el Cementerio de Comillas es uno de los más bellos del mundo. Está ubicado sobre las ruinas de una antigua iglesia gótica y está presidido por el impresionante «Ángel Exterminador» de Josep Llimona.
Las esculturas modernistas se mezclan con los muros de piedra vieja y el fondo azul del mar Cantábrico. Es un lugar que transmite una paz absoluta y una estética romántica que ha cautivado a fotógrafos y directores de cine durante décadas. Es, sin duda, la visita más espiritual de la ruta.
El Casco Viejo y la Plaza de la Constitución
Bajando de las colinas arquitectónicas llegamos al Casco Viejo. Es pequeño pero lleno de encanto, con casas de arquitectura montañesa, balcones de madera y calles empedradas. La Plaza de la Constitución es el corazón social, donde se encuentran el antiguo ayuntamiento y la iglesia de San Cristóbal.
Aquí se viene a disfrutar del ritmo pausado. Siéntate en una terraza, pide una rabas (calamares fritos) y deja que el ambiente de la villa te envuelva. Comillas ha sabido conservar ese aire de pueblo de veraneo de principios del siglo XX, donde la prisa no está invitada.
Playa de Comillas y el Parque de Oyambre
Para terminar el día, nada mejor que bajar a la Playa de Comillas. Es una playa de arena fina y dorada, protegida y perfecta para un baño tranquilo. Si buscas algo más salvaje, a pocos kilómetros se encuentra el Parque Natural de Oyambre, con sus dunas, sus marismas y una playa infinita que es el paraíso de los surfistas.
Gastronómicamente, en Comillas mandan los productos del mar: las anchoas de Santoña (que aquí son religión), el cocido montañés para los días más frescos y los pescados de roca a la brasa. Todo regado con una sidra cántabra o un vino de la tierra de Liébana.
Nota gastronómica: Prueba las «Corbatas de Unquera» o los «Sobaos Pasiegos» que encontrarás en las tiendas locales. Son el souvenir dulce perfecto que nunca llega entero a casa.
Comillas es una villa que te reta a mirar hacia arriba constantemente. Es sofisticada, es culta y tiene una luz que solo el norte sabe dar. ¿Estás listo para dejarte seducir por el capricho del marqués?






