Si piensas que el rosado es «el vino de la piscina», prepárate. Un rosado canario acaba de colarse donde casi nunca llegan los de su color.
Se llama Ferrera Rosado seco, lo elabora una pequeña bodega familiar de Arafo (Tenerife) y la «Guía de Vinos» de La Vanguardia le ha dado 96 puntos. Sí, noventa y seis. Para un rosado.
¿Por qué importa tanto? Porque esas puntuaciones casi siempre se las llevan tintos de guarda y blancos con pedigrí. Que un rosado entre en esa liga es, como mínimo, una pequeña revolución en nuestras copas.
Antes de contarte qué tiene dentro, piensa en esto: durante años nos han dicho que lo bueno de verdad salía siempre de las mismas zonas. Este vino viene a desmontar ese guion.
El secreto del Ferrera Rosado seco está a 1.000 metros
Aquí no hay magia, hay altitud. Las viñas crecen a 1.000 metros sobre el nivel del mar, con cultivo 100 % ecológico y bajo la DOP Islas Canarias.
Arriba el aire es más limpio. Y el suelo volcánico deja ese punto mineral que, una vez lo pruebas, reconoces enseguida (nosotras ya estamos mirando las cartas de vinos con otros ojos).
La uva es listán negro, la tinta canaria por excelencia. A esa altura saca unos aromas que poquísimos rosados pueden imitar.
Golosinas, flores y cero aburrimiento
La sumiller Meritxell Falgueras lo ha resumido en dos palabras: «limpio y vibrante». En su cata aparecen golosinas y flores.
Traducido: nada de ese rosado plano y dulzón que tantas veces nos han servido. Este tiene complejidad, y se nota.
Y aquí está el error que cometemos muchas: elegir el rosado solo en verano, solo con hielo y solo «porque entra fácil». Un vino así pide algo más de atención (y una copa decente, ya puestas).
El tip: la guía lo incluye entre las 100 elaboraciones imprescindibles del año. Si lo ves en una tienda especializada o en la carta de un restaurante, es una buena excusa para salir de lo de siempre.
Lanzarote también tiene algo que decir
La racha canaria no se queda en Tenerife. La enóloga Amor López, de Bodega Erupción, ha ganado el premio Isabel Mijares en la categoría «Nueva generación».
Lo hace desde Tao, un pueblecito de Lanzarote. Su fórmula mezcla medio siglo de oficio artesanal con ideas muy actuales (y, al parecer, convence incluso a los jurados más exigentes).
El consejero de Agricultura, Narvay Quintero, lo ve como el resultado del «excelente trabajo y rigor» en las viñas de las islas.
Un efecto que va más allá de la copa
Hay otro nombre en esta historia: Albert Adrià. El cocinero, reconocido en Madrid Fusión como mejor chef del año en Europa, es un viejo aliado de Canarias.
Su figura encaja con lo que está pasando en las bodegas: relevo generacional, producto con identidad y mucha menos producción en serie.
La marca Canarias se ha convertido así en sinónimo de autenticidad. Justo lo contrario de esos sabores clónicos que encontramos en cualquier lineal.
¿Lo mejor? Que ya no hablamos de Canarias como «la opción curiosa». Hablamos de un lugar que marca el ritmo.
La próxima vez que te pregunten qué vino quieres, ¿te atreverás con un rosado nacido entre volcanes?




