Hay quien vigila el azúcar de los refrescos y cuenta las calorías de la caña del sábado, convencido de que ahí está el gran enemigo. Es una creencia muy extendida, y el nutricionista Chris Díaz la matiza: si lo que quieres es cuidar el órgano que filtra casi todo lo que tomas, el foco debería estar en el alcohol y hígado, más que en el dulce.
Por qué los licores son la peor opción
Según Díaz, las bebidas de alta graduación y los licores son la peor elección para la salud hepática, por encima de cualquier otra cosa que haya en tu nevera. Cuanto más concentrado es el alcohol, más trabajo le da al hígado.
Ocurre porque el hígado deja en segundo plano otras tareas para ocuparse de metabolizar el alcohol. En ese proceso se forma el acetaldehído, un compuesto tóxico que daña las células hepáticas. Si el hígado recibe una y otra vez más alcohol del que puede procesar con calma, su capacidad para repararse se resiente.
El acetaldehído que se genera al metabolizar el alcohol es tóxico para las células del hígado. Si tomas alcohol de forma habitual, tienes antecedentes de enfermedad hepática o tomas medicación, habla con tu médico.
Cuánto es poco
Mucha gente piensa que hace falta beber en grandes cantidades para que haya un problema. Díaz sostiene que bastan dos consumiciones diarias de alta graduación para comprometer seriamente el funcionamiento del hígado. No hablamos únicamente de quien bebe mucho: es un hábito que se cuela en el día a día sin que se note.
Cuando esa carga se mantiene en el tiempo, el cuerpo entra en un estado de inflamación y el hígado repara más despacio. Por eso hay personas que se sienten cansadas toda la semana sin una razón clara: un órgano al límite hace que el resto del cuerpo vaya más lento.
El mito del fin de semana
Una de las ideas más populares es que si de lunes a viernes no pruebas una gota, el sábado puedes permitirte más. El hígado no distingue entre festivos y laborables. Una descarga grande de alcohol en pocas horas lo satura, y concentrar el consumo en momentos puntuales es una de las formas más agresivas de beber.
Por eso el Ministerio de Sanidad recuerda que no existe un consumo de alcohol libre de riesgo.
Dos hábitos que sí puedes aplicar
Díaz propone la «regla del espacio»: intercalar un vaso de agua entre cada consumición. No hace magia ni «limpia» nada, pero obliga a beber más despacio, deja respirar al cuerpo entre copas y suele notarse al día siguiente.
El segundo hábito consiste en reservar días sin alcohol. La recomendación de este especialista es parar tres días consecutivos a la semana, sin una sola gota. Es una cifra concreta, fácil de apuntar en el calendario, y le da al hígado un descanso real.
Hacerlo realista
Conviene desconfiar de los atajos. Ni un día de agua después de una noche larga ni un caldo milagroso compensan lo vivido por el hígado, y por eso el planteamiento de Díaz va por otro lado: menos cantidad, más espacio entre copas y días de descanso fijos, repetidos semana tras semana. Es una pauta aburrida y precisamente por eso funciona mejor que los remedios de última hora.
No se trata de prohibir todo. Se trata de saber qué pesa más. Dejar la copa de entre semana, intercalar agua y no concentrar el consumo en una sola noche son decisiones pequeñas que suman, y todas están al alcance de cualquiera sin apuntarse a ninguna dieta. Si te cuesta reducirlo o notas que dependes de la bebida, un profesional sanitario puede ayudarte sin juzgarte.
La próxima vez que alguien te sirva el segundo chupito, ¿vas a pensar en el hígado o en el cansancio que arrastrarás el lunes?







