El café de primera hora es, para millones de personas, el interruptor que pone en marcha el día. El cardiólogo Aurelio Rojas cuestiona no la bebida, sino el horario: tomarla en cuanto suena el despertador interfiere con un mecanismo hormonal que el cuerpo ya tiene en funcionamiento a esa hora.
Su planteamiento se resume en una idea con consecuencias prácticas. La cafeína rinde más, y molesta menos, si llega cuando el organismo ha terminado su propio arranque.
Cómo se despierta el organismo
Al abrir los ojos se activa la llamada «respuesta del despertar». El cerebro ordena entonces una liberación intensa de cortisol, la hormona que la cultura popular asocia casi en exclusiva al estrés.
Por la mañana su papel es otro. El cortisol eleva el nivel de energía, contribuye a regular la tensión arterial y prepara la musculatura para la actividad. Es, en la práctica, un estimulante endógeno.
Dato clave: el cortisol aumenta con rapidez durante los primeros 30 a 45 minutos después de despertar. Es justo la franja en la que más gente se toma el primer café.
Qué explica Aurelio Rojas sobre el solapamiento
Si la cafeína entra en plena subida hormonal, ambos estímulos coinciden en el tiempo. Según su planteamiento, el efecto añadido del café sería escaso, porque el cuerpo ya funciona a alto rendimiento por sus propios medios (una inversión con poco retorno, dicho en términos contables).
El coste aparece a medio plazo. Según Rojas, la repetición diaria de ese patrón genera tolerancia: el cerebro se habitúa a una estimulación elevada y responde cada vez menos a la misma dosis.
De ahí la escalada que muchos consumidores reconocen: tazas más grandes, cafés más cargados y una energía propia que parece no despertar sin ayuda.
El riesgo cardiovascular: la «bomba de relojería»
El aviso más serio del especialista apunta a dos perfiles concretos:
- Personas con un corazón reactivo.
- Quienes viven con estrés crónico.
En ellos, la suma de cortisol alto y cafeína temprana es, en sus palabras, una bomba de relojería. Lo que deja no es un plus de productividad, sino nerviosismo, palpitaciones y ansiedad que se prolongan durante buena parte de la mañana.
La pauta de los 60 a 90 minutos
La alternativa que propone es simple. Retrasar la primera taza entre 60 y 90 minutos desde que uno se levanta.
En ese intervalo el cortisol cumple su función y empieza a descender. Según Rojas, es el momento en que la cafeína puede tomar el relevo y sostener el nivel de alerta de forma más estable, sin superponerse a la hormona. Es una recomendación suya: no hay estudios concluyentes que fijen esa ventana horaria.
Según el cardiólogo, el ajuste también respeta el ritmo circadiano y reduciría el riesgo de que el café funcione como un parche que genera dependencia. Un beneficio añadido que suele citarse: menos probabilidad de sufrir el bajón de media mañana.
Contexto: Rojas no demoniza el café. Lo considera una de las bebidas más saludables y recuerda su asociación con una menor mortalidad total. La variable que cambia es la hora.
Cómo aplicarlo en una rutina real
Para quien trabaja fuera de casa, la pauta es fácil de encajar: desayunar sin cafeína y dejar la primera taza para la llegada a la oficina. Para quien teletrabaja, basta con completar las primeras tareas antes de encender la cafetera.
La lógica de fondo es colaborar con la fisiología, no forzarla. El cuerpo ya sabe arrancar solo; el café puede ser un buen acompañante si llega en su momento.
¿Cuántos de los que hoy no pueden «ser persona» sin café descubrirían que solo lo estaban tomando demasiado pronto?





