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Retinopatía solar: la lesión del eclipse que no duele y cómo evitarla

La retinopatía solar no duele y se nota horas después. Qué advierte la farmacéutica Sheila Segura sobre el eclipse, las gafas ISO 12312-2 y los síntomas.

Retinopatía solar: la lesión del eclipse que no duele y cómo evitarla
Escrito porGermán Fuertes OteroMédico especialista en medicina deportiva
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5 min de lectura

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Quien ha mirado al Sol de frente, aunque sea un instante, conoce la reacción: molesta, cierras los ojos y apartas la vista. Esa señal de alarma es la que no funciona durante un eclipse. La retinopatía solar puede producirse sin una sola molestia, y de ahí viene gran parte del peligro.

La farmacéutica Sheila Segura, de Atida Mifarma, lo explicó con claridad cuando el eclipse tenía a media España mirando al cielo. Las consultas en las farmacias habían aumentado y muchas personas buscaban soluciones improvisadas para no perderse el espectáculo. Lo que sigue repasa lo que advirtió y lo que conviene saber cada vez que hay un fenómeno así.

Por qué no duele

La retina, la capa del fondo del ojo que capta la luz, carece de receptores del dolor. Si la radiación solar la daña, el ojo no avisa. Se puede estar sufriendo una lesión en ese mismo momento y no notar nada.

Según Segura, el problema no aparece mientras se mira. Aparece después, cuando termina el evento y la persona vuelve a lo suyo. La lesión se manifiesta horas más tarde, y para entonces el daño en las células del centro de la retina ya está hecho.

De ahí la insistencia en la prevención. Cuando los síntomas dan la cara, no hay manera de deshacer lo ocurrido, y por eso la barrera útil es no exponerse sin protección.

Los síntomas que no hay que dejar pasar

Los efectos pueden aparecer al llegar a casa o a la mañana siguiente. Estos son los que describe la farmacéutica:

  • Una mancha oscura o borrosa fija en el centro de lo que miras, lo que se conoce como escotoma central.
  • Líneas rectas que se ven curvadas, por ejemplo el marco de una puerta.
  • Cambios en la percepción de los colores.
  • Sensibilidad excesiva a la luz ambiental.
  • Pérdida de nitidez al leer letra pequeña.

Si notas alguno de ellos después de haber mirado el eclipse, no esperes a que se pase solo con el descanso ni te frotes los ojos. No te pongas gotas por tu cuenta.

Advertencia clave: ante cualquiera de estos síntomas tras observar un eclipse, acude a un servicio de urgencias oftalmológicas. No esperes a ver si mejora. Este texto es divulgativo y no sustituye la valoración de un médico.

Esa ausencia de dolor engaña incluso a quien es prudente. Se piensa que, si no molesta, no hace daño. En el ojo ocurre lo contrario: la comodidad al mirar no dice nada sobre la seguridad. Es un buen ejemplo de por qué conviene fiarse de una norma técnica y no de la sensación del momento.

Gafas de sol, radiografías y caretas: lo que no protege

Cuando llega un eclipse aparece la improvisación. La emoción de no querer perdérselo lleva a buscar cualquier cosa que oscurezca la luz, y es ahí donde se cometen los errores más graves.

Muchas personas creen que unas buenas gafas de sol, incluso con cristales polarizados, bastan. No es así. Tampoco sirven las gafas de sol más caras del mercado, ni las viejas radiografías que se guardaban en el cajón, ni un cristal ahumado con un mechero. Las caretas de soldar convencionales tampoco garantizan una protección real frente a la radiación solar directa.

Ninguno de esos materiales filtra la radiación infrarroja y ultravioleta en la medida necesaria. Aunque la luz parezca menos molesta, la radiación que no ves sigue llegando a la retina. Ocurre porque el ojo juzga por el brillo, no por la energía que recibe.

Cómo reconocer unas gafas de eclipse seguras

Existe un solo camino homologado: unas gafas específicas para observar el Sol. Antes de ponértelas, mira la patilla o el marco. Debe aparecer, de forma clara y legible, la norma ISO 12312-2 (también escrita ISO 12312-2:2015) junto al marcado CE.

Tener la etiqueta correcta tampoco lo resuelve todo. Un arañazo, un pliegue o un agujero minúsculo en la lámina del filtro echa a perder la protección. Revisa el filtro a contraluz y descarta las gafas si ves grietas, picaduras, perforaciones o arrugas. Por esas microfisuras entra la radiación y llega directa a la mácula, la zona de la retina con la que lees y reconoces caras.

La prueba de la habitación

Hay una comprobación sencilla que puedes hacer en casa. Ponte las gafas dentro del salón, con la luz encendida, antes de mirar hacia fuera.

  • Si ves los muebles, la televisión o la silueta de la persona que tienes delante, desecha las gafas. Un filtro de verdad no deja pasar la luz doméstica.
  • Si ves una oscuridad total, el filtro cumple. Solo el disco solar debe ser visible cuando levantes la cabeza hacia el cielo.

Es una prueba rápida, no un sustituto de la certificación. Sirve como segunda barrera para quien ya tiene unas gafas marcadas.

La forma correcta de mirar

Aun con un equipo homologado y en buen estado, importa cómo se usa. Ponérselas como unas gafas normales, ya mirando al cielo, es un fallo frecuente.

El orden correcto es este: colócate las gafas mientras miras al suelo, ajústalas bien a la nariz y las orejas, y solo entonces levanta la cabeza hacia el Sol. Para quitártelas, haz lo mismo al revés: baja la mirada primero y retíralas después.

Tampoco conviene quedarse con la vista fija en el Sol durante mucho rato seguido, por fascinante que sea la alineación. La recomendación de la farmacéutica pasa por hacer observaciones cortas y alternarlas con pausas, mirando hacia una zona de sombra. Si el cuerpo o la vista te piden un descanso, hazlo.

Los niños, siempre con un adulto

Si vas a ver un eclipse en familia, la atención sobre los menores tiene que ser constante. Un niño no valora el riesgo de la luz solar directa. Si siente calor o las gafas le molestan, lo natural es que se las quite.

Un adulto debe supervisar cada momento, comprobar que el filtro queda bien ajustado a la cara y que no hay huecos por los lados. En el caso de los niños, mantén la vigilancia durante todo el evento y también después, por si refieren manchas o molestias al ver.

Hace décadas que no se veía en España un eclipse de esta magnitud, y es comprensible querer disfrutarlo. Pero un minuto de descuido no debería convertir un recuerdo bonito en una visita a urgencias.

Un último vistazo antes de salir

Para quedarte con lo esencial, cuatro comprobaciones bastan: unas gafas con la norma ISO 12312-2 y el marcado CE, un filtro sin daños, la prueba de la habitación y un adulto atento si hay niños. Con eso se disfruta del cielo sin jugarse la vista, y no hace falta nada más caro ni más complicado.

Conviene revisar las gafas con tiempo, no en el último minuto. Quien las compra el mismo día corre más riesgo de encontrarse con un producto sin certificar o con un filtro dañado de un uso anterior. Si tienes dudas sobre un modelo concreto, pregunta en tu farmacia o consulta con tu médico u oftalmólogo antes de usarlo. Y guárdalas en su funda, lejos de roces, para que el filtro no se estropee.

Y si algo falla, la regla es sencilla: ante una mancha en el centro de la visión, médico, no espera. ¿Has comprobado ya que tus gafas llevan el sello en la patilla?

Salud · datos comprobados

Antes de decidir, consulta la fuente

Fuentes oficiales
NIH eclipses.ign.es aao.org
Datos a fecha de
25 de octubre de 2026 · revisaremos el artículo si cambia la normativa

Este artículo es divulgativo y no sustituye la consulta con un profesional sanitario. Ante cualquier síntoma o duda sobre tu caso, habla con tu médico o farmacéutico. Cómo elaboramos nuestros contenidos

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